The Days of Our Lives

23.9.08


A veces me siento como si regresara a los viejos tiempos, muy lejos. Vos sabes, cuando éramos chicos, cuando éramos jóvenes, las cosas parecían tan perfectas. Los días eran interminables. Estábamos locos y éramos jóvenes. El sol siempre brillaba, vivíamos para divertirnos. A veces, últimamente, no sé… parece que el resto de mi vida ha sido como un espectáculo.Esos fueron los días de nuestras vidas. Las cosas malas de la vida fueron tan pocas. Esos días ya se han ido pero… una cosa es verdad: cuando busco, descubro que todavía te quiero.
No podes retroceder el reloj, no poder hacer que vuelva la marea. Es una pena. Me gustaría regresar una vez más en un viaje de montaña rusa cuando la vida era sólo un juego. No tiene sentido el pararse a pensar en lo que pudiste haber hecho, cuando podes recostarte y disfrutar a través de tus hijos. A veces, últimamente, no sé porqué parece mejor sentarse y dejarse llevar por la corriente.
Porque estos son los días de nuestras vidas. Han volado con la rapidez del tiempo. Esos días ya se han ido pero algunas cosas permanecen… Cuando busco, descubro… que nada cambio.
Esos fueron los días de nuestras vidas. Las cosas malas de la vida fueron tan pocas. Esos días ya se han ido pero… una cosa es verdad: cuando busco, descubro que todavía te quiero.


Roger Taylor

Reflexión post-sabado

14.9.08

La creciente inseguridad no es un fenómeno en si mismo sino una de las tristes consecuencias de la rápida fragmentación que vive la sociedad argentina. En estos días, y desde hace ya mucho tiempo, el tema “inseguridad” está presente en los títulos principales de los diarios y noticieros del país. Hace unos años la inseguridad estaba lejos del primer lugar que ocupa hoy en las encuestas sobre demandas insatisfechas de la población. Vemos que se produjo una “universalización”, ahora es una demanda que atraviesa a todos los sectores de la población.
El avance de esta inseguridad es síntoma de una sociedad que se fragmentó, en un proceso que la recuperación económica, más allá de lo que digan los números brindados por el INDEC, no detuvo, o por lo menos no en forma visible. Los medios suelen reflejar las consecuencias de esta enfermedad, trágicas en su mayoría y que pegan fuerte en toda la población, sin importar su condición social.
Las redes de contención de nuestra sociedad, que fueron destruidas en tan solo un puñado de años, llevarán varias décadas para que se reconstruyan, si es que algún día se logra. El mientras tanto es un verdadero problema sobretodo porque el Estado es incapaz de dar respuestas sustentables, más allá de sumar continuamente efectivos policiales, justamente porque hasta su propia credibilidad esta destruida.
De esta sociedad dividida con un arbitro herido, es fruto la actual paradoja de los taxistas: hay muchísimas personas dispuestas a pagar por sus servicios, tanto así que un sábado por la noche se hace casi imposible conseguir una unidad, pero también a su vez hay un ejercito de pibes sin futuro para los cuales la vida, tanto propia como ajena, vale menos que los veinte pesos que pueden llegar a sacar del asalto a un chofer.

Mariposa Tecknicolor

4.9.08


Era domingo y gracias a dios no estaba en el fuckin’ centro de rosario, sino en mi querido barrio Echesortu. Ahí sí son lindos los domingos, sobretodo cuando calienta ese sol livianito de Agosto que anuncia la primavera. Me hace acordar a los domingos de cuando era chica y toda la tropa cruzaba a la plaza a jugar bajo la atenta miraba de mamá, acompañada por el mate y la abuela.
Necesitaba volver a recorrer esas cuadras donde viven 16 años de recuerdos. Algunos tan presentes que pareciera que fue ayer nomás cuando decidimos mudarnos. No se porque, pero yo fui la única que nunca se termino de adaptar a la vida urbana. Todavía lloro mi casa con su pasillo largooo que fue escenario de varios accidentes, las habitaciones enormes de techos altos que seguramente hoy me parecerían miniaturas, el patio donde actuábamos y hacíamos las fiestas de Halloween, la escalera que me daba miedo bajar de noche…
Así que después de comer, salí de la casa de mi tío y me largue a recorrer sin ruta alguna. A primera vista las cosas parecen muy cambiadas, los edificios altos poco a poco van ganándole terreno a las casas particulares, provocando un juego de sombras que seguramente género el descontento a más de un vecino.
Muchos negocios cerraron o cambiaron drásticamente de rubro. Calle Córdoba, que parecía una autopista a los ojos de una nena, ya no resulta tan impresionante. La casa de Belén ya no existe más y al limonero de la cochera lo volaron para hacer más lugares.
Pero después de un rato te das cuenta que en realidad esos fueron cambios superficiales, la esencia esta intacta y se ve en la mercería que existe desde que mi papá se mudo a rosario, en el peluquero/actor/transformista/juglardeviejas cuando exhibe sus caniches en la calle, el olor a galletitas recién hechas de Caricias, el vidrio de la puerta de casa que sigue roto tal cual lo dejamos, la Dama de Noche que plante con mis propias manitas en el cantero, en el árbol que crece junto a ellas que trajo papá hace 12 años, el kiosco de Silvia con la “alegría” de mi tía abuela Elvira y en la casa de los García tan gris como siempre.
Los colores, los olores todo sigue ahí, esperándome. Lamentablemente, se que yo cambié y aunque vuelva a ese barrio, a esa calle o incluso a esa misma casa, nada va a ser como antes. Son lindos los recuerdos pero no se puede vivir de ellos, prefiero simplemente quedarme con estas imágenes en la cabeza y seguir adelante esperando que en un futuro, otra casa/barrio me deje memorias tan buenas como las que me dejo la de calle Córdoba en barrio Echesortu.
...
Yo te conozco de antes
desde antes del ayer
yo te conozco de antes
cuando me fui no me alejé...
llevo la voz cantante
llevo la luz del tren
llevo un destino errante
llevo tus marcas en mi piel
y hoy sólo te vuelvo a ver...

Let's Talk, Let's Talk

23.8.08

Hay gente que tiene la capacidad de sacarle conversación a cualquiera que se le cruza por la calle. Sin timidez alguna, se acercan, saludan, tal vez preguntan una dirección o piden una recomendación y de allí en más, en vez de pegar media vuelta e irse como hace el 90%, empiezan a hilar y terminan narrando su vida y obra. Siempre me fascinó ese tipo de personas, porque aunque me encanta hablar y sobretodo discutir sobre las cosas más impensables, me cuesta ese primer acercamiento.
Eso pensaba hasta ayer, cuando estando en el parque buscaba escaparme del demonio de la culpa por una mala performance en un parcial. El venía caminando con aire casual y una mochila al hombro. Los rulos, todos despeinados por el viento del Paraná. Me preguntó por un supermercado cerca. Como no había ninguno a varias cuadras a la redonda le pregunte que quería comprar porque sí se me ocurrían varios kioscos por ahí. También había salido a caminar después de la facultad y se había antojado de almohaditas rellenas de frutilla al frente del río.
A partir de ahí, terminamos yendo a un supermercado, a comprar sahumerios para casa y por ultimo de vuelta al parque para comer las benditas almohaditas. Y ahí me di cuenta, no es que no se tenga la capacidad de entablar una conversación con un completo extraño, lo que falta es simplemente voluntad de parte de ambos sujetos en cuestión. Así de simple, empezar es lo más fácil. No hacen falta ideas muy originales, puede ser simplemente comentando algo del tiempo, un reconocimiento básico del entorno que nos rodea.
De allí en más, mientras se produzca el dialogo y no un monologo unidireccional embolante, esa interacción, esa ida y vuelta, se genera una especie de sensación de fluir en medio del cuerpo cívico que se tiene cuando uno intercambia libremente con sus otros eventuales. Van a ver como afloran temas que no siempre surgen con las personas que vemos seguido. Hagan la prueba, piérdanse en la ciudad y sáquenle charla al primero con cara de loco que vean. Eso si, ojo con lo que dicen y no divulguen su numero de tarjeta de crédito, por si las dudas…

Pequeños Placeres

16.8.08



  • salir a caminar debajo de la lluvia

  • las frutillas que me guardaba Quincho, el verdulero del barrio

  • 8 de la noche en enero tirada en la hamaca paraguaya de Pueblo Esther

  • cuando una lapicera escribe con mucha tinta al punto que parece que fuerzas desconocidas la manejan haciendo fluir las palabras

  • inspirarme

  • despertarme a mitad de la noche y descubrir que me quedan varias horas de sueño por delante

  • el perfume de las fresias y los jazmines

  • cuando hace calor, tirarme en el piso de mosaicos a escuchar música

  • mi almohada nueva

  • (ad)mirar una imagen de Alphonse Mucha

  • las tardes con amigas en nuestra barranquita

"Adoro los placeres sencillos, son el último refugio de los hombres complicados" Oscar Wilde.

Nights of Wonder

10.8.08

Ayer, sábado se presentaron en el Auditorio Fundación Astengo los Ummagumma, banda tributo a los geniales Pink Floyd y no me lo iba a perder de nuevo. A pesar de que el teatro no estaba del todo lleno, en los momentos climax de la noche toda la cuadra vibro con los temas de Animals, Wish you were here, The Wall, The Division Bell y The Dark Side of the Moon más el acompañamiento vocal y percutivo infaltable de la audiencia. Siempre es un gusto escuchar la música de Waters, Gilmour y cía.



La Odisea de ir al Baño

3.8.08

El sábado a la noche estuvimos con unas amigas en lo que bien podría ser la versión rosarina del clásico de Capusotto “Acá si que no se coge” y mientras esperábamos en la cola del baño no pude evitar notar que mientras en los tres baños de mujeres existentes había una cantidad considerable de señoritas, los caballeros a pesar de tener uno solo entraban y salían al instante (¿será por eso que siempre tienen la puerta abierta?).
Para todos aquellos que no lo entiendan todavía les voy a pasar a explicar la serie de maniobras que realizamos las chicas cuando la naturaleza llama. Porque desde chiquitas cuando nuestras madres nos tenían que acompañaban siempre recordaban: “Nunca, nunca te sientes en un baño público” al tiempo que nos enseñaban “la posición” o sea balancearse por encima del inodoro como si nos fuéramos a sentar pero sin hacer contacto.
Pero los años pasan y lamentablemente no tenemos la flexibilidad de antes y cuesta, sobretodo cuando tu vejiga esta a punto de explotar después de esperar 15 minutos para poder entrar. Minutos eternos en los que nos ponemos a hablar de cualquier cosa. En nuestro caso, chicas de arquitectura, es normal analizar la forma en que se construyo el recinto, la mala distribución de los espacios (porque la cola al baño coincide con una de las circulaciones principales) o temas comodín como sacarle mano a la que entro porque tarda mucho (a sabiendas que de nosotras vamos a tardar lo mismo o más).
Al fin te toca y ahí se pueden presentar otros problemas: que el pasador de la puerta no funcione, que no haya ganchito para colgar la cartera, que en el rollo de papel solo quede un minúsculo pedacito que no le alcanza ni a una hormiga para limpiarse. No importa, sosteniendo la puerta con una mano, mientras con la otra te apoyas en la pared para no perder equilibrio, la cartera colgada al cuello, y el paquete de pañuelitos de papel en la boca haces “la posición”. Aguantaste tanto que no sale de una y ahí te empieza a sonar el celular… Para rematarla te empiezan a golpear la puerta y con uno de esos golpes de kick boxing la puerta se abre unos centímetros y chau equilibrio. Caes con todo tu peso sobre el inodoro. Te levantas rápido pero too late… ya entraste en contacto con todos los gérmenes imaginables que se albergan ahí.
El daño ya esta hecho pero no podes dejar de imaginarte las enfermedades que podes contraer y de escuchar la voz de tu mama recordándote: “Nunca te sientes en un baño publico!”. El paquete de pañuelitos tenía solamente uno, por lo cual no sirve para secarte el pantalón que también se te mojo un poquito durante la caída. Te lavas las manos con el hilo de agua que sale de esa pileta roñosa para después acordarte que no había papel! Te acomodas un poco la maraña de pelo y salís así, con las manos mojadas, el pantalón también húmedo, sintiéndote contaminada con lo que no podes hacer nada más que mirar con lastima a la próxima victima que espera con las piernas cruzadas y cara de sufrimiento.
En el mismo tiempo, tu novio/marido/amigo entro, uso y salio del baño de hombres y pudo leer Rayuela (las dos partes) mientras te esperaba. No se como harán tan rápido pero tengo una teoría: lo de ir al baño es solamente una excusa para descansar sus oídos de nuestra dulce voz aunque sea unos segundos.

Miedos...

27.7.08

Miedo a que el pasado regrese
Miedo a que el presente tome vuelo
Miedo al ridículo
Miedo a ser una farsa
Miedo a la ansiedad
Miedo al olvido
Miedo a ser una ilusa
Miedo a los extraterrestres que se esconden en la ducha
Miedo a la soledad
Miedo a querer demasiado
Miedo a mucha locura
Miedo a demasiada cordura
Miedo al fracaso
Miedo a ganar y no saber como seguir
Miedo a las arañas!
Miedo a no encontrar el amor
Miedo a encontrarlo y perderlo
Miedo a los perfiles psicológicos
Miedo a ser una más del montón
Miedo a la fama
Miedo a quedarme en la calle
Miedo a tener demasiado
Miedo a llegar tarde
Miedo a llegar muy temprano
Miedo a las agujas
Miedo al encierro
Miedo a no tener a donde volver
Miedo a vivir demasiado tiempo
Miedo a la muerte
Miedo a la nada

Usher II

24.7.08

ABRIL DE 2005

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes colgaban opresivas y bajas en los cielos, yo había estado cruzando, montado a caballo, una región singularmente lóbrega, y de pronto, cuando ya se cerraban las sombras de la noche, me encontré delante de la melancólica Casa Usher .. »
El señor Willíam Stendahl dejó de recitar. Allí, sobre una colina baja y negra, estaba la Casa, y la piedra angular tenía una inscripción: 2005 A.D.
-Ya está terminada -dijo el señor Bigelow, el arquitecto-. Aquí tiene la llave, señor Stendahl.
Las dos figuras se alzaban inmóviles en la tranquila tarde otoñal. Los planos azules crujían sobre la hierba de color de cuervo.
-La Casa Usher -dijo el señor Stendahl con satisfacción-. Proyectada, construida, comprada, pagada. ¿El señor Poe no estaría encantado?
El señor Bigelow entornó los ojos.
-¿Era esto lo que quería, señor?
-¡Sí!
-¿El color está bien? ¿Es desolado y terrible?
-¡Muy desolado, muy terrible!
-¿Las paredes son... lívidas?
-¡Asombrosamente lívidas!
-¿La laguna es bastante negra y siniestra?
-Increíblemente negra y siniestra.
-Y los juncos, no sé si sabe usted, señor Stendahl, que los hemos teñido, ¿tienen ahora el color gris y ébano apropiado?
-¡Son horribles!
El señor Bigelow consultó sus planos arquitectónicos.
-La Casa, la laguna, el suelo, señor Stendahl, “enfrían y acongojan el corazón, entristecen el pensamiento”?
-Señor Bigelow, vale lo que cuesta, hasta el último centavo. Dios mío, ¡qué hermosa es!
-Gracias. He tenido que trabajar a ciegas. Por fortuna, tenía usted sus propios cohetes, o no hubiésemos podido traer la mayor parte del equipo. Ya habrá observado usted el permanente crepúsculo, el invariable mes de octubre, la tierra desnuda, estéril, muerta. Hemos trabajado mucho. Matamos todo. Diez mil toneladas de DDT. No ha quedado una rana, una víbora, ni siquiera una mosca marciana. Crepúsculo permanente, señor Stendahl, estoy orgulloso. Unas
máquinas ocultas oscurecen el sol. Todo es siempre adecuadamente «siniestro».
Stendahl respiró la tristeza, la opresión, los vapores pestilentes, toda la «atmósfera» tan delicadamente concebida y adaptada. ¡Y la Casa! ¡Ese horror tambaleante, la laguna maléfica, los hongos, la extendida putrefacción! ¿Quién podía adivinar si era o no de material plástico?
Stendahl miró el cielo de otoño. En algún sitio, allá arriba, más allá, muy lejos, estaba el sol. En algún sitio era abril en Marte, un mes amarillo de cielo azul. En algún sitio, allá arriba, descendían las naves con una estela de llamas, dispuestas a civilizar un planeta maravillosamente muerto. Pero el fragor de los cohetes no llegaba a este mundo sombrío y silencioso, a este antiguo mundo otoñal y a prueba de ruidos.
-Ahora que mi tarea ha terminado -dijo el señor Bigelow, intranquilo-, ¿puedo preguntarle qué va a hacer usted con todo esto?
-¿Con Usher? ¿No lo ha adivinado?
-No.
-¿El nombre de Usher no significa nada para usted?
-Nada.
-Bueno, ¿y este nombre: Edgar Allan Poe?
El señor Bigelow meneó la cabeza.
-Por supuesto -gruñó delicadamente el señor Stendahl, con desaliento y desprecio a la vez-. ¿Cómo pude pensar que conoce al bendito señor Poe? Murió hace mucho tiempo, antes que Lincoln. Quemaron todos sus libros en la Gran Hoguera. Hace ya treinta años...
-Ah -dijo juiciosamente el señor Bigelow-. ¡Uno de aquellos!
-Sí, Bigelow, uno de aquéllos. Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos.
-Tenían miedo de la palabra «política», que entre los elementos más reaccionarios acabó por ser sinónimo de comunismo, de modo que pronunciar esa palabra podía costarle a uno la vida. Y apretando un tornillo aquí y una tuerca allá, presionando, sacudiendo, tironeando, el arte y la literatura fueron muy pronto como una gran pasta de caramelo, retorcida y aplastada, sin consistencia y sin sabor. Poco después las cámaras cinematográficas se detuvieron, los teatros
quedaron a oscuras, y de las imprentas que antes inundaban el mundo con un Niágara de material de lectura, brotó una materia inofensiva e insípida, como de un cuentagotas. ¡Oh, hasta el «entretenimiento» era extremista, se lo aseguro!
-¿De veras?
-Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar el Aquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al jinete sin Cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi Madre la Oca.... Oh, ¡qué lamentos!, y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que «fueron eternamente felices», pues estaba demostrado que nadie fue eternamente feliz, y el «había una vez» se convirtió en «no hay más». Y las cenizas del fantasma Rickshaw se confundieron con los escombros del país de Oz, e hicieron unos paquetes con los huesos de Ozma y Glinda la Buena, y destrozaron a Polícromo en un espectroscopío y sirvieron a Jack Cabeza de Calabaza con un poco de merengue en el baile de los biólogos. La Bella Durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo de su jeringa. Hicieron que Alicia bebiera algo de una botella que la devolvió a un tamaño donde no podía seguir gritando «más curioso y más curioso» y rompieron el Espejo de un martillazo y acabaron con el Rey Rojo y la Ostra.
El señor Stendahl apretó los puños, jadeante, el rostro enrojecido. ¡Oh Dios, no había pasado tanto tiempo!
En cuanto al señor Bigelow, la larga explosión del señor Stendahl lo había dejado estupefacto. Al fin parpadeó y dijo:
-Lo siento. No sé de qué me habla usted. Sólo nombres para mí. He oído decir que la Gran Hoguera fue una cosa buena.
-¡Fuera! -gritó Stendahl-. ¡Su trabajo ha terminado, y ahora déjeme solo, idiota!
El señor Bigelow llamó a los carpinteros y se alejó. El señor Stendahl se quedó solo ante la Casa.
-Oídme todos -les dijo a los invisibles cohetes-. Vine a Marte para alejarme de vosotros, gente de Mente Limpia, pero llegáis en enjambres cada vez más espesos, como moscas a la carroña. Pues bien, ha llegado mi hora. Os daré una buena lección por lo que le hicisteis al señor Poe en la Tierra. ¡Desde hoy, cuidado! ¡La Casa Usher está abierta!
Y alzó al cielo un puño amenazante.
El hombre salió del cohete con aire despreocupado. Le echó una mirada a la Casa, y una expresión de irritación y disgusto le ensombreció los ojos grises.
Cruzó el foso y se acercó al hombrecito que esperaba allí.
-¿Usted es Stendahl?
-Yo soy Garrett, inspector de Climas Morales.
-¿De modo que al fin llegaron a Marte, ustedes los de Clima Moral? Me estaba preguntando cuándo aparecerían.
-Llegamos la semana pasada. Muy pronto todo será aquí limpio y ordenado como en la Tierra -dijo Garrett, y sacudió irritado una tarjeta de identidad, señalando la Casa-. ¿Por qué no me dice que es esto, Stendahl?
-Un castillo encantado, si le parece.
-No me gusta, Stendahl, no me gusta. El sonido de esa palabra encantado
-No es nada complicado. En el año de gracia dos mil cinco, he construido un santuario mecánico: murciélagos de cobre que vuelvan en rayos electrónicos, ratas de bronce que corretean por sótanos de material plástico, esqueletos robots que bailan, vampiros robots, arlequines, lobos, fantasmas blancos, productos todos de la química y el ingenio del hombre.
-Lo que me temía -dijo Garrett sonriendo pacíficamente-. Tendremos que echar abajo la casa, señor Stendahl.
-Sabía que vendrían ustedes, tan pronto como se enteraran.
-Hubiera venido antes, pero en Climas Morales queríamos estar seguros de las intenciones de usted. Los desmanteladores y la brigada de incendios, podemos tenerlos aquí a la hora de la cena. Y a medianoche no quedará de su Casa ni los cimientos. Señor Stendahl, me parece usted un poco bobo. Gastar en una tontería dinero ganado con trabajo. Por lo menos le ha costado a usted tres millones de dólares...
-Cuatro millones. Pero en mi juventud, señor Garrett, heredé veinticinco millones. Me puedo permitir este gasto. Es una lástima, sin embargo, haber terminado la Casa no hace más de una hora y que ya se precipiten sobre ella usted y sus desmanteladores ¿No podría dejarme disfrutar de mi juguete durante digamos, veinticuatro horas?
-Ya conoce usted la ley. Es muy estricta. Nada de libros, nada de Casas, nada que pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas y otras criaturas de la imaginación.
- ¡Pronto quemarán a los Babbitt!
-Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros. Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.
-Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes, con antorchas e incineradores, y destrozaron y quemaron mis cincuenta mil libros. Un día atravesaron también con un palo el corazón del día de Todos los Muertos, y les dijeron a los productores de cine que si querían hacer algo se limitasen a
repetir y a repetir, una y otra vez, a Ernest Hemingway. ¡Dios santo, cuántas veces he visto Por quién doblan las campanas! Treinta versiones diferentes. Todas realistas. ¡Oh, el realismo! ¡Oh el aquí, oh el ahora, oh el infierno!
-Es inútil amargarse.
-Señor Garrett, usted tiene que presentar un informe completo, ¿no es así?
-Sí.
-Aunque sólo sea por curiosidad, entre y mire un rato. No tardaremos más de un minuto.
-Muy bien. Guíeme. Y nada de trampas. Estoy armado.
La puerta de la Casa Usher se abrió rechinando, y dejó escapar un viento de humedad, y se oyeron unos gemidos y unos suspiros muy hondos, como si grandes fuelles subterráneos respiraran en lejanas catacumbas. Una rata corrió por el suelo de piedra. Garrett, gritando, le dio un puntapié. La rata rodó, y de su piel de nailon brotó una increíble horda de moscas metálicas.
-¡Asombroso! -Garrett se inclinó y miró.
Una vieja bruja estaba sentada en un nicho y barajaba con temblorosas manos de cera un mazo anaranjado y azul de naipes de Tarot. Sacudió la cabeza, y le siseó a Garrett a través de la boca desdentada, golpeando los naipes grasientos con las puntas de los dedos.
-¡La muerte! -gritó.
-A esto, precisamente, me refería -dijo Garrett-. ¡Deplorable!
-Permitiré que usted mismo la queme.
-¿De veras? -dijo Garrett satisfecho. En seguida frunció el entrecejo-. He de reconocer que se lo toma usted muy bien.
-Me basta haber podido crear este sitio. Poder decir que lo hice. Decir que he creado un ambiente medieval en un mundo moderno e incrédulo.
-Yo mismo no puedo dejar de admirar el genio inventivo de usted, señor.
Garrett miró una niebla que pasaba, susurrando y susurrando, y que parecía una hermosa y vaporosa mujer. En el fondo de un pasillo húmedo giraron unas ruedas, y como hilos de caramelo lanzados por una máquina centrífuga, las neblinas flotaron murmurando en los aposentos silenciosos.
Un gorila brotó de la nada.
-¡Cuidado! -gritó Garrett.
Stendahl golpeó levemente el pecho negro del gorila.
-No tema. Un robot. Cobre y otros materiales, como la bruja. ¿Ve? -Tocó la piel descubriendo unos tubos de metal.
_Sí. -Garrett alargó tímidamente una mano-. Pero ¿por qué? ¿Por qué todo esto, señor Stendahl? ¿Qué lo obsesiona?
-La burocracia, señor Garrett. Ahora no puedo explicárselo. Pero el gobierno lo sabrá muy pronto. -Y Stendahl hizo una seña al gorila-. Bien. Ahora.
El gorila mató al señor Garrett.
-¿Estamos listos, Pikes?
Pikes, inclinado sobre la mesa, alzó los ojos.
-Sí, señor.
-Ha hecho usted un espléndido trabajo.
-Bueno, para eso me pagan, señor -dijo Pikes suavemente mientras levantaba el párpado de plástico del robot y ajustaba con precisión el ojo de vidrio a los músculos de goma-Ya está.
-La vera efigie del señor Garrett.
Pikes señaló la mesa rodante donde yacía el cadáver del verdadero señor Garrett.
-¿Qué hacemos con él, señor?
-Quémelo, Pikes. No necesitamos dos Garrett, ¿no es cierto?
Pikes arrastró la mesa hasta el incinerador de ladrillo.
-Adiós -dijo, metió dentro al señor Garrett y cerró la puerta.
-Adiós.
Stendahl miró al robot.
-¿Recuerda las instrucciones, Garrett?
-Sí, señor. -El robot se sentó en la mesa muy tieso-. Vuelvo a Climas Morales. Redactaré un informe complementario. Demoren intervención cuarenta y ocho horas. Continúo investigando.
-Bien, Garrett. Adiós.
El robot corrió hacia el cohete de Garrett, entró, y se fue volando. Stendahl se volvió.
-Bueno, Pikes, ahora enviaremos las últimas invitaciones para esta noche. Creo que nos divertiremos, ¿no es cierto?
-Teniendo en cuenta que hemos esperado veinte años, ¡será toda una fiesta! -Se guiñaron los ojos.
Las siete. Stendahl miró su reloj. Era casi la hora. Hizo girar la copa de jerez en la mano, y luego se sentó, tranquilamente. Sobre él, entre las vigas de roble, los murciélagos, de delicados huesos de cobre ocultos bajo la carne de caucho, chillaban y lo miraban parpadeando. Stendahl levantó la copa hacia ellos.
-Por nuestro éxito -dijo.
Y reclinándose en el sofá cerró los ojos y consideró otra vez el asunto. Con qué placer recordaría esta noche cuando fuera viejo. El gobierno antiséptico pagaba al fin sus conflagraciones y sus terrores literarios. Oh, cómo habían crecido en él la uria y el odio a lo largo de los años. Oh, cómo el plan había cobrado forma lentamente en su mente aletargada, hasta el día en que había conocido a Pikes, tres años atrás.
Ah, sí, Pikes. Pikes, corroído por una amargura profunda, como un oscuro pozo de ácido verde. ¿Quién era Pikes? El más grande de todos. Pikes, el hombre de diez mil caras, una furia, una humareda, una niebla azul, una lluvia blanca, un murciélago, una gárgola, un monstruo, ¡eso era Pikes! ¿Superior a Lon Chaney, padre? Stendahl, que había visto a Lon Chaney noche tras noche, en películas viejas, muy viejas, meditó unos instantes. Sí, superior a Chaney. ¿Superior a aquella otra vieja momia? ¿Cómo se llamaba? ¿Karloff? Muy superior. ¿Lugosi? La comparación era odiosa. No, no había más que un Pikes. Y le habían prohibido todas sus fantasías. No había lugar para él en la Tierra, ni gente que pudiera admirarlo. ¡Ni siquiera podía representar ante un espejo, ante sí mismo!
¡Pobre, imposible y derrotado Pikes! ¡Qué habrás sentido, Pikes, aquella noche en que arrancaron tus películas de las cámaras, como si les sacaran las entrañas, tus propias entrañas, para arrojarlas luego en rollos y pilas a las llamas de un horno! ¿Habrás sufrido tanto como yo cuando destruyeron mis cincuenta mil libros sin una disculpa? Sí, sí. Stendahl sintió que una furia insensata le helaba las manos.
Cómo no iba a ser natural que en incontables medias noches conversaran consumiendo interminables cafeteras, y que de esas conversaciones y de ese fermento amargo saliera... la Casa Usher.
Se oyeron las campanadas de una gran iglesia. Llegaban los invitados. Stendahl, sonriendo, fue a recibirlos.
Adultos sin memoria, los robots esperaban. Vestidos de seda verde como los charcos de los bosques, envueltos en sedas del color de las ranas y los helechos, ellos esperaban. Envueltos en pieles amarillas, como el sol y la arena, los robots esperaban. Aceitados, con huesos de tubos de bronce sumergidos en gelatina. En cajas de madera, en ataúdes fabricados para los que no estaban vivos ni muertos, los metrónomos esperaban que los pusieran en marcha. Un olor de lubricación y bronces torneados. Un silencio de cementerio. Sexuados, pero sin sexo, los robots. Nominados, pero sin nombre, con todas las características humanas menos la humanidad, en una muerte que ni siquiera era muerte, ya que nunca había sido vida, los robots miraban fijamente las tapas cerradas de sus cajas, esas cajas en las que alguien había grabado las letras EO.B. Y de pronto rechinaron los clavos. De pronto se levantaron las tapas, hubo sombras en las cajas, y una mano apretó una lata de aceite. Se oyó el leve tictac de un reloj, luego otro y otro, hasta que el sótano se convirtió en una inmensa y ronroneante relojería. Los párpados de goma se abrieron y descubrieron los ojos de mármol; las narices palpitaron; los robots se levantaron vestidos con una velluda piel de mono, o una piel blanca de conejo; Tweedledum detrás de Tweediedee, la Tortuga y el Ratón, cadáveres de ahogados en un mar de sal y algas, ahorcados de rostros violáceos y ojos desorbitados y viscosos, seres de hielo y de ardientes oropeles, enanos de arcilla
y gnomos de pimienta, Tik-Tok, Ruggedo, Santa Claus precedido por un torbellino de nieve, Barba Azul con patillas de acetileno, y nubes sulfurosas con lenguas de fuego verde, y por último un dragón gigantesco y escamoso que llevaba un horno en el vientre cruzó la puerta con un grito, un rugido, un silencio, un torrente, una ráfaga. Diez mil tapas cayeron. La relojería invadió Usher. La noche estaba encantada.
Una cálida brisa pasó sobre el paisaje. Los invitados llegaron en cohetes que abrasaban el cielo y transformaban el otoño en primavera. Los hombres vestidos de etiqueta salieron de los cohetes, y detrás de ellos salieron las mujeres con peinados muy altos y complicados.
-¡Así que esto es Usher!
-¿Pero dónde está la puerta?
En ese momento apareció Stendahl. Las mujeres reían y parloteaban. El señor Stendahl levantó una mano imponiendo silencio. Se volvió, miró una alta ventana de castillo y llamó:
-Rapunzel, Rapunzel, suéltale el pelo.
Y allá arriba, una hermosa doncella se inclinó sobre el viento de la noche, y se soltó el cabello dorado. Y el cabello flotó y se retorció y fue una escalera, y los invitados subieron riendo, y entraron en la Casa.
¡Muy eminentes sociólogos! ¡Inteligentes psicólogos! ¡Tremendamente importantes políticos, bacteriólogos y neurólogos! Allí estaban, entre paredes húmedas.
-¡Bienvenidos!
El señor TVron, el señor Owen, el señor Dunne, el señor Lang, el señor Steffen, el señor Fletcher, y dos docenas más.
-Pasen, pasen.
La señorita Gibbs, la señorita Pope, la señorita Churchill, la señorita Blunt, la señorita Drummond y una veintena de otras resplandecientes mujeres.
Personas eminentes, sí, eminentes todas ellas, miembros de la Sociedad de Represión de la Fantasía, enemigos de la fiesta de Todos los Muertos y de¡ día de Guy Fawkes, cazadores de murciélagos, incendiarios de libros, portadores de antorchas; ciudadanos pacíficos y limpios, ciudadanos que habían, todos ellos, esperado a que los hombres toscos llegaran a Marte, enterraran a los marcianos, limpiaran las ciudades, construyeran pueblos, repararan las carreteras y suprimieran todos los peligros. Después, cuando ya todo estaba tranquilo, vinieron
ellos, los aguafiestas, gentes con ojos de color de yodo y sangre de mercuriocromo a imponer sus Climas Morales, a repartir bondad. ¡Y ésos eran los amigos de Stendahl! Sí, con cuidado, con mucho cuidado, los había buscado, uno por uno, y en el último año pasado en la Tierra se había hecho amigo de todos ellos.
-¡Bienvenidos a las antesalas de la Muerte! -les gritó.
-Hola, Stendahl, ¿qué es esto?
-Ya lo verán, Que se desvista todo el mundo. Entren en estos cuartos y cámbiense de ropa. Los hombres aquí, las mujeres allá.
Los invitados, un poco intranquilos, no se movieron.
-No sé si debemos quedarnos -dijo la señorita Pope-. No me gusta el aspecto de todo esto. Es casi... una blasfemia.
-¡Qué tontería! Es un baile de disfraz.
-Parece algo ¡legal -gruñó el señor Steffens.
Stendahl se echó a reír.
-Vamos, vamos, diviértanse. Mañana todo esto será una ruina. Entren en los cuartos.
La Casa resplandeció, de vida y color. Los arlequines corrían con gorros de cascabeles; los ratones blancos bailaban unas cuadrillas al compás de una música que unos enanos tocaban con arcos diminutos en violines diminutos; en las vigas chamuscadas ondeaban los banderines, nubes de murciélagos volaban entre unas gárgolas, y de las bocas de las gárgolas salía un vino fresco, puro y espumante.
Un arroyo serpenteaba por las siete salas del baile de máscaras. Los invitados lo probaban y descubrían que era jerez. Los invitados salían de los cuartos transformados en personajes de otra época, con los rostros cubiertos por antifaces, perdiendo al ponerse las máscaras todo derecho a quereliarse con la fantasía y el terror. Las mujeres vestidas de rojo se reían desplazándose por los salones. Los hombres las cortejaban bailando. Y en las paredes había sombras, aun donde no había cuerpos, y aquí y allá había espejos que no reflejaban ninguna imagen.
-¡Todos nosotros vampiros! -rió el señor Fletcher---. ¡Muertos!
Las siete salas eran de distinto color: una azul, una morada, una verde, una anaranjada, una blanca, una violeta, y la última amortajada en terciopelo negro. En esta sala negra un reloj de ébano daba sonoramente la hora. Y los invitados, ya casi borrachos, corrían por las salas entre fantásticos robots, entre ratones y Sombrereros Locos, gnomos y gigantes, Gatos Negros y Reinas Blancas, y bajo los pies de los bailarines el suelo latía pesadamente como un oculto corazón delator,
-Señor Stendahl.
Un murmullo.
-Señor Stendahl.
Un monstruo, con el rostro de la Muerte, se detuvo junto a Stendahl. Era Pikes.
-Quiero hablar con usted.
-¿Qué pasa?
Pikes extendió una mano esquelética con unas cuantas ruedas, tuercas, tornillos y pernos calcinados o fundidos a medias.
Stendahl los contempló largamente. Luego llevó a Pikes a un pasillo.
-¿Garrett? -susurró.
Pikes asintió.
-Ha mandado a un robot. Cuando limpié el horno, encontré esto.
12
Pikes y Stendahl miraron las fatídicas piezas.
-Esto significa que la policía llegará en cualquier momento -dijo Pikes-. Y arruinarán nuestros planes.
Stendahl observó a los bailarines; un torbellino de gente amarilla, anaranjada y azul. La música barría los salones neblinosos.
-No sé. Tendría que haber adivinado que Garrett no vendría en persona. No es tan tonto. Pero, espere...
-¿Qué pasa?
-Nada. No pasa nada. Garrett nos envió un robot. Bien, pero nosotros le enviamos
otro... Si no lo examina con cuidado, no notará la diferencia.
-¡Por supuesto!
-La próxima vez vendrá él mismo, pues pensará que no hay peligro. Es posible que se presente en cualquier momento, ¡en persona! ¡Más vino, Pikes!
Se oyó un enorme tañido.
-Apuesto a que es él. Hágalo pasar.
Rapunzel se soltó el cabello dorado.
-¿El señor Stendahl?
-¿El señor Garrett? ¿El verdadero señor Garrett?
Garrett examinó las paredes húmedas y a la gente que daba vueltas.
-El mismo. He creído conveniente una inspección personal. No se puede confiar en los robots, menos aún en los ajenos. Antes de salir para aquí he citado a los desmanteladores. Llegarán dentro de una hora, preparados para echar abajo esta horrible guarida.
Stendahl se inclinó ceremoniosamente.
-Gracias por advertírmelo. Mientras tanto, podría usted divertirse. ¿Un poco de vino?
-No, gracias. ¿Qué pasa aquí? ¿A qué extremos puede llegar un hombre?
-Véalo usted mismo, señor Garrett.
-El crimen -dijo Garrett.
-El más repugnante.
Una mujer chilló. La señorita Pope llegó corriendo, con la cara blanca como un queso.
-¡Ha ocurrido algo horrible! ¡Un mono ha estrangulado a la señorita Blunt y la ha metido en una chimenea!
Stendahl y Garrett se volvieron y vieron una larga cabellera amarilla desparramada al pie de la chimenea. Garrett dio un grito.
-¡Horroroso! -sollozaba la señorita Pope. De pronto dejó de llorar. Parpadeó y miró-. ¡Señorita Blunt!
-Sí, aquí estoy -dijo la señorita Blunt.
-¡Pero si acabo de ver cómo la metían en la chimenea!
-No -dijo la señorita Blunt riéndose-. Era un robot. Un perfecto facsímil.
-Pero,pero...
-No llore, querida. Estoy perfectamente bien. Voy a verme a mí misma. ¡Pues sí, aquí estoy! En la chimenea, como usted dijo. Tiene gracia, ¿eh?
Y la señorita Blunt se fue, riéndose.
-¿Quiere un vaso de vino, Garrett?
-Creo que sí. Este asunto me ha puesto los nervios de punta. Dios mío, qué lugar. Merece verdaderamente que lo echemos abajo. Durante un momento creí...
Garrett bebió. Otro alarido. El piso se abrió mágicamente y cuatro conejos blancos descendieron por una escalera llevando en hombros al señor Steffens. Y allá fue el señor Steffens, al fondo de un foso, y allá lo dejaron amordazado y atado, bajo la cuchilla de acero de un gran péndulo oscilante que ahora descendía y descendía, acercándose cada vez más al cuerpo ultrajado del señor Steffens.
-¿Soy yo el que está ahí abajo? -preguntó el señor Steffens apareciendo al lado de Garrett. Se inclinó sobre el pozo-. Qué extraño, qué curioso es verse morir.
El péndulo dio un golpe final.
-Qué realismo -dijo Steffens alejándose.
-Otro vaso de vino, señor Garrett.
-Sí, por favor.
-Esto no durará. Pronto llegarán los desmanteladores.
-Gracias a Dios.
Y por tercera vez, un grito.
-¿Ahora qué? -dijo Garrett, receloso.
-Ahora me toca a mí -dijo la señorita Drummond-. Miren.
Y poco después una segunda señorita Drummond chillaba dentro de un ataúd mientras la metían debajo del suelo, en una tierra húmeda.
-Pero cómo, yo recuerdo esto -jadeó el investigador de Climas Morales-. Estaba en los viejos libros prohibidos. El enterramiento prematuro. Y lo demás. La fosa, el péndulo, y el mono, la chimenea y los asesinatos de la calle Morgue. ¡Sí! ¡En uno de los libros que quemé!
-Otro trago, Garrett. No mueva la copa.
-¡Dios mío, qué imaginación!
Y en seguida vieron morir a otros cinco. Uno en la boca de un dragón, los otros arrojados a las aguas negras de una laguna, donde se hundieron y desaparecieron.
-¿Le gustaría ver lo que hemos proyectado para usted? -preguntó StendahI.
-¿Por qué no? ¿Qué importa? Pronto vamos a destruir este infierno. Es usted horrible, Stendahl. -Venga por aquí.
Y Stendahl llevó abajo a Garrett, a través de numerosos pasillos, y otra vez más abajo por escaleras de caracol, hacia el interior de la tierra, hacia las catacumbas.
-¿Qué quiere mostrarme? -preguntó Garrett.
-Su propia muerte.
-¿La muerte de mi doble?
-Sí. Y otra cosa.
-¿Qué?
-El Amontillado -dijo Stendahl adelantándose y alzando una linterna deslumbrante.
Unos esqueletos se asomaban levantando las tapas de los ataúdes. Garrett, con un gesto de repugnancia, se llevó una mano a la nariz.
-¿El qué?
-¿No ha oído hablar usted del Amontillado?
-No.
~¿No reconoce usted eso? -Stendahl le señaló una celda.
- ¿Tendría que reconocerlo?
Stendahl sonrió y sacó de entre los pliegues de su capa una paleta de albañil.
-¿Y esto?
-¿Qué es?
-Venga.
Entraron en la celda y Stendahl encadenó a Garrett, que estaba casi borracho.
-Por Dios, ¿qué hace usted? -gritó Garrett sacudiendo las cadenas.
-Me siento irónico. No interrumpa a un hombre que se siente irónico. No sea
descortés. Ya está.
-¡Me ha encadenado!
-Es cierto.
-Pero ¿qué pretende?
-Dejarlo en esta celda.
-Usted bromea.
-Una broma muy graciosa.
-¿Dónde está mi doble? ¿No vamos a ver cómo lo matan?
-No hay doble.
-Pero ¿y los otros?
-Los otros están muertos. Los que usted vio matar eran los verdaderos. Los dobles, los robots, miraban solamente.
Garrett calló.
-Ahora usted debe decir: «¡Por amor de Dios, Montresor!» -continuó Stendahl-. Y yo contestaré: «¡Sí, por amor de Dios!». ¿No quiere usted decirlo? Vamos. Dígalo.
-Imbécil.
-¿Tengo que repetírselo? Dígalo. Diga: «¡Por amor de Dios. Montresor!».
Garrett se sentía más despejado.
-No lo diré, idiota. Sáqueme de aquí.
-Póngase eso -dijo Stendahl tirándole algo que campanilleaba y tintineaba.
-¿Qué es?
-Un gorro de cascabeles. Póngaselo y quizá lo deje salir.
-¡Stendahl!
-Le he dicho que se lo ponga.
Garrett obedeció. Los cascabeles repicaron.
-¿No siente usted como si esto hubiera sucedido antes? -Preguntó Stendahl, y comenzó a trabajar con la paleta, un mortero y unos ladrillos.
-¿Qué hace?
-Estoy amurallándolo. Ya hay una hilera. Ahora va otra.
-¡Usted está loco!
-No lo discuto.
Stendahl mojó un ladrillo en el mortero, cantando entre dientes. Ahora había golpes y gritos y llantos en la celda cada vez más oscura. La pared crecía lentamente.
-Un poco más de ruido, por favor -dijo Stendahl-. Representemos bien la escena.
-¡Déjeme salir! ¡Déjeme salir!
Sólo faltaba un ladrillo. Los gritos eran ahora continuos.
-¿Garrett? -llamó Stendahl en voz baja. Garrett calló-. ¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlo leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garrett.
Garrett no replicó.
-Quiero que esto sea perfecto -dijo Stendahl levantando la linterna para que la luz cayera sobre la encogida figura de Garrett-. Agite suavemente los cascabeles. -
Los cascabeles tintinearon-. Ahora diga usted: «¡Por amor de Dios, Montresor!»; es posible que lo deje salir.
La luz de la linterna alumbró la cara de Garrett. Garrett titubeó y luego dijo grotescamente:
-Por amor de Dios, Montresor.
-Ah -exclamó Stendahl con los ojos cerrados. Colocó el último ladrillo y lo aseguró con una capa de cemento-. Requiescat in pace, querido amigo.
Salió de prisa de la catacumba.
El sonido de un reloj de medianoche hizo que todo se detuviera en las siete salas de la Casa.
Apareció la Muerte Roja.
Stendahl se volvió un momento en el umbral y luego echó a correr fuera de la Casa, más allá del foso, donde esperaba un helicóptero.
-¿Listo, Pikes?
-Listo.
-¡Vamos allá!
Miraron la Casa, sonriendo. Las paredes empezaron a abrirse por el medio, como en un terremoto, y mientras Stendahl observaba la magnífica escena, oyó a Pikes que recitaba detrás de él en un tono bajo y cadencioso:
Cuando vi que las enormes paredes se hundían, sentí un vértigo... Se oyó un largo ruido tumultuoso, como la voz de innumerables cataratas, y la laguna profunda y oscura que había a mis pies se cerró triste y silenciosamente sobre las ruinas de la casa Usher
El helicóptero se elevó sobre las aguas hirvientes del lago y voló hacia el oeste.

Ray Bradbury-Crónicas Marcianas

Lecciones

13.7.08


Muchos ven a la etapa escolar como un periodo de transición, una época apuntada a sociabilizar con otros de nuestra misma edad pero en que, académicamente hablando, no se aprende mucho. Seguro alguna vez te quejaste a la hora de estudiar Biología cuando tenias re decidido ser abogado o para que aprender análisis sintáctico si ibas a ir a Ingeniería de Sistemas. ¿Cultura general? A nadie le importaba eso.
De todas las materias una de las más odiadas era Educación Física, algo sumamente entendible. Quien quería a las 8 de la mañana ponerse a dar vueltas carneras, saltar en el cajón o hacer flexiones. No se ustedes pero yo no... La sola idea de tener que salir a ese galpón enorme, con piso de mosaicos poco aseado, que en invierno era una imitación del círculo polar ártico, que en época de lluvias parecía pileta olímpica y que en verano era el infierno personificado en la tierra, esa sola imagen en la cabeza lograba desalentar hasta al más deportista.
Nadie quería que llegaran los martes y jueves porque significaba soportar una rutina de ejercicios copiada de la guerrilla paquistaní. Pero lo cierto es que, más allá de la parte física de la clase, yo logré sacar algunas cosas en limpio, enseñanzas que hasta el día de hoy me acompañan.
Un recuerdo que tengo muy presente fue de cuando la señora profesora que tenia en ese momento no tuvo mejor idea que hacernos practicar corridas. Sin demasiado entusiasmo armamos tres hileras en una punta del odioso galpón. Al primer silbido salio el primer grupo a toda velocidad hasta los arcos en el otro extremo pero metros antes de llegar mis tres compañeros bajaron la velocidad considerablemente. Segundo silbido, otros tres hicieron el mismo trayecto y al igual que sus antecesores frenaron en el ultimo tramo. Dos silbidos seguidos y la profesora nos mando a reunirnos a su alrededor. Con cara de pocos amigos reto a los pobres que habían tenido la mala suerte de ser los primeros y nos dijo a todos en general: “es importante que siempre cuando estén llegando al final, aunque estén cansados, aunque no les de el aliento, las piernas se les aflojen y sientan que no pueden mas, en ese momento es cuando mas rápido tienen que ir, saquen fuerzas de donde puedan y no decaigan. Ahí tienen que explotar al máximo su fuerza para no arruinar todo lo que lograron antes”.
Justamente en eso pensaba esta semana. Dos entregas importantes, un parcial, poco tiempo, feriado de por medio. Todo eso de tradujo en pocas horas de sueño, mucho café, unas ojeras que parecía recién salida del ring y obviamente un humor de perros como para cerrar el combo. En el momento en que casi tiro todo y me hecho a dormir, me acorde del tiempo invertido en esos proyectos, de que no solamente estaba en juego mi nota sino también la de mi compañero y de mi objetivo de recibirme antes de los 40 años. Tome impulso y otra tasa de café y no me deje doblegar, ojala todo ese esfuerzo haya valido la pena.